por Maria Alonso

Foto de Grassitelli

Son dos metáforas muy poéticas y que constantemente se escuchan por los pasillos del sector cultural.

Por un lado el techo de cristal es aquél que las generaciones jóvenes tienen sobre sus cabezas, el cual les deja ver lo que hay en el piso de arriba (la mayoría de veces unas posaderas considerablemente añejas y apoltronadas) pero no acceder a él y remodelarlo. En este sentido, a inicio de mes bloguistas y periodistas culturales se regocijaban en el tema, evidenciando qué tan grueso es dicho techo para las mujeres creadoras y gestoras; pero como últimamente pasa, la actualidad nos empuja hacia adelante y esta reivindicación parece que ya es historia.

Por otro lado las torres de marfil son aquellos bastiones donde los “popes” o “vacas sagradas” -es decir profesionales consagrados, incontestables y con liderazgo de opinión- se refugian entre agendas de contactos y años de experiencia. Dichas torres acostumbran a ser despachos de cargos de confianza en instituciones públicas o de directivos en grandes empresas culturales. Y aunque parezcan custodiadas por la indiferencia y los discursos sentenciosos y rimbombantes, en realidad lo que se esconde detrás de sus inmaculados muros es el miedo a la obsolescencia.

Además hoy en día es necesario parecer joven, moderno y transgresor; disociarse de todo aquello que pueda oler a naftalina, sonar arcaico o parecer analógico a no ser que pueda venderse como vintage. Y ante semejante panorama… ¿Qué aspiraciones puede tener un/a joven artista o profesional de la cultura? La respuesta más común es tener paciencia e ir engordando currículum hasta que la generación que ahora ronda los 60 se jubile… Y ánimo que ya falta poco.

¡Pues vamos bien!

Dejadme proponer una solución algo menos desoladora: ¿Y si nos atreviéramos a romper esos techos? ¿Y si abriéramos las puertas de las torres para ventilarlas un poco? ¿Y si desde la juventud se dejara de culpar de las propias desdichas a las generaciones anteriores? Ya nos hemos cargado al padre suficientes veces. De hecho hemos descuartizado a la familia entera. ¿No va siendo hora de volver a casa, hacer las paces e ir pensando en ampliar la família?

El mejor modo de acabar con esta guerra fría es empezar a colaborar entre generaciones, a crear conjuntamente. Pero para ello es necesario que por ambas partes se haga un gran esfuerzo de humildad para llegar a aprender lo que no sabemos, que se ejercite la curiosidad en conocer y reconocer al otro y se abone la generosidad para hacerle un hueco a nuestro lado. Y cuando digo al lado, me refiero al lado, ni encima ni debajo, a la vera.

Imaginaos a la experiencia, la capacidad de riesgo, la innovación y el atrevimiento trabajando juntas. ¡Qué alianza tan competitiva sería!

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