Por Maria Alonso

Yo era muy pequeña, pero recuerdo perfectamente la fascinación que me provocaba entrar en un restaurante de la mano de mis padres atraída por la suculenta sopa de ojos que se mostraba en la entrada. Al pasar la puerta, un camarero con un delantal lleno de manchas de sangre nos indicaba nuestra mesa, a la que accedíamos tras apartar las piernas de un cuerpo que colgaba del techo, para después enfrentarnos a un menú que invitaba al canibalismo.

Cuando Sitges celebraba su antigua Semana Internacional del Cine Fantástico y de Terror, la ciudad entera se vestía de monstruos, muertos y asesinos como si Halloween se hubiera adelantado en el calendario – aunque por entonces no se había adoptado todavía la imaginería de Halloween por estos lares.

Aún con sus 51 años cumplidos y corroborado constantemente como una cita ineludible de la indústria, el (hoy) Festival Internacional de Cine Fantàstic de Catalunya sigue teniendo una identidad marcada y única. Se han substituido las decoraciones que los vecinos hacían de sus calles y portales por la Zombie Walk; los camareros ya no se disfrazan, pero en su lugar Moritz convoca un concurso de escaparates; durante las proyecciones se siguen sucediendo las risas, los vítores, los aplausos a los títulos de crédito y -como no- los gritos.

El Festival de Sitges, en definitiva, ha sabido mantener su identidad y su aroma original, incluso lo ha hecho evolucionar al mismo compás que evolucionaba el formato del propio Festival. Es por ello, no me cabe duda, que artistas de tanto renombre internacional han asistido indefectiblemente año tras año, como la misma Tilda Swinton quien, desde el escenario del Melià, dedicó ayer su premio honorífico a su padre, difunto esa misma mañana.

Esta consideración sólo se consigue con empeño, mimo y amor a la história del evento, y también con una necesaria e imperturbable capacidad de convencimiento, puesto que estoy segura que dicha identidad se ha debido de ver constantemente amenazada por otros intereses industriales y turísticos ajenos a la propia organización. Es fácil, cuando un proyecto de este tipo sale a la luz, dejarse llevar por la carrera de venta de entradas, la seducción al patrocinio o la aparición en los medios, pero todo ello puede diluir la esencia misma del proyecto. A veces, si se hace bien, la apropiación que hace del proyecto la ciudadanía, por poquitas personas que sean al inicio, afianza la base de un festival mucho mejor de lo que pueden lograr las tantasmil entradas vendidas o la aparición en la prensa internacional. Es entonces cuando un festival puede llegar a superar el medio siglo de historia.

La identidad de un festival, su aroma y sabores, son la mejor garantía de éxito, pues son los pilares en los que se fundamenta la experiencia de asistir a él, y sus organizadores deben serle fieles. Festivales en Cataluña haylos a puñados, pero ¿de cuántos de ellos podríamos definir su sabor?

¡No os perdáis el Festival de Sitges este fin de semana!

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