por Maria Alonso

imagen de Richard Davenport de la instalación Wonder.land en la Wolfson Gallery en Londres.

Crear mundos e historias que seduzcan y sumerjan a la audiencia en nuestro imaginario cada vez es más difícil. El público es ya muy sabio y experimentado; nuestra cultura audiovisual y el ritmo al que hemos habituado a nuestro cerebro es tal que los productos de ficción deben ofrecer formatos innovadores o simplemente no nos interesan.

Y los hay de todo tipo: Los hay que incorporan nuevas tecnologías a lenguajes ancestrales como el teatral, como la impresionante y virtual Ariel que la Royal Shakespeare Company invocó en su The Tempest, haciendo una coproducción junto con el gigante tecnológico Intel. O la gira holográfica de Maria Callas en The Hologram Tour. Los hay a quién la realidad virtual ha permitido lanzar al público más allá de nuestra atmósfera al son de Beethoven para celebrar el 40 aniversario de la Voyager 1. Incluso el imperdonable cuento de antes de dormir ya no es suficiente si no incluye un poco de realidad aumentada como propone Wonderscope.

Pero no se trata de añadir nuevas e impresionantes tecnologías a nuestra propuesta de proyecto, sino de plantear la narración sirviéndose de herramientas que permitan una nueva lectura y -sobretodo- nuevas experiencias cada vez más inmersivas.

Hay propuestas que erizan el pelo de cualquier posible inversor al plantear una venta mínima de entradas, como en Temping. Hay valientes que se empeñan en hacerlo sin inteligencia artificial, como Manual Cinema o la compañía Sr. Serrano que el año pasado presentó su Birdie sin actores. E incluso podemos encontrar ejemplos en otros medios no escénicos como Missing Richard Simmons, un podcast que ha tenido ya 13 millones de descargas y que Amazon está convirtiendo en una serie audiovisual; #RedMonkey  el hilo que tuvo a Twitter revolucionado el verano pasado; o la nueva apuesta de formato de TV3 Poliamor, una serie hecha a través de Instagram stories.

En definitiva, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que todos los equipos creadores buscan desesperadamente nuevas ideas o atributos de los lenguajes clásicos de expresión que les permitan atrapar más y mejor a la audiencia. Esta búsqueda implica un conocimiento profundo de lo que se puede y no se puede hacer a nivel de producción (por presupuesto, por equipos humanos, por equipos técnicos, por leyes y normativas, por calendario o por localización), y es entonces cuando la figura de producción toma un papel imprescindible en los procesos creativos.

No es realista pretender incorporar nuevos elementos en los dispositivos utilizados para hacer llegar la historia al público sin este tipo de perspectiva. Por primera vez las productoras y productores tienen voz y voto en los procesos de creación de productos culturales. ¡Escuchadlos!

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